La espectacularidad del diseño se hace presente una vez más bajo las luces de París, mientras los días de invierno miran emocionados el despliegue de belleza que recorre las pasarelas. No hay espacio que no mencione la maravilla, aprobada o no, que cae de las manos de Donatella, Gaultier, Lagerfeld y Armani, entre otros. Y es que la sensación que provoca la alta costura se siente en el estómago, en la imaginación y en el asombro. Hace un par de semanas se llevaron a cabo todos y cada uno de los grandes desfiles de alta costura para la segunda temporada del año y así vinieron, caídas desde el cielo de la creación, las galas fastuosas de la individualidad.Caminaron sobre las pasarelas las chicas reinventadas y sin tacón de Chanel; las damas excesivas plagadas de color y textura de Christian Lacroix; las mujeres sensualmente masivas de Versace; y las bellezas nostálgicas de Valentino, tristes y decepcionadas por su último desfile. ¿Tristes? ¿Decepcionadas? ¿Por qué? Porque así se despide el couturier más femenino y elegante de la época. Valentino Garavani partió frustrado por la comercialidad y la falta de creatividad en el universo de la moda.
Tal vez tenga razón, pero también existe la posibilidad de que sea sólo alguien más que vive del pasado y que no está conforme con el presente porque a su gusto es mejor lo que fue, que lo que es y lo que puede ser. Suele suceder, pero no es carencia de talento el hecho de que las masas disfruten del pensamiento de los genios, quienes por mucho tiempo fueron exclusivos de unos cuantos y que sin importar cuánto se acerquen al espacio mundano siguen perteneciendo a un Olimpo lejano y apartado. Dicha aseveración puede recostarse bajo el cobijo de la visión porque la moda es un negocio, muy artístico, sí, pero un negocio finalmente. Además, preocupante debería ser el momento en que sean celebridades y no diseñadores quienes tengan en sus manos la leyenda de la alta costura.
Tan sólo hay que recordar que Coco Chanel, Christian Dior, Cristóbal Balenciaga, Hubert de Givenchy y demás maestros de la aguja, quienes cimentaran las bases del presente, encantando a propios y extraños con su destreza, también fueron criticados por su trabajo en su momento. Rompieron barreras que significaron el avance de un medio cuyo ambiente vive del lujo que se compra con dinero. Los grandes del ayer formaron la escuela del hoy y su legado será atesorado para siempre, sin importar los caprichos que nazcan de las tijeras de Karl, Galliano y Tisci.
Entonces, no cabe la necesidad de ser tan severos con quienes dirigen las grandes maisons bajo la luz perpetua de la alta costura, ya que gracias a ellos el olvido no mató el alma sublime de los genios que vivieron su vida bajo el régimen estricto de la moda. Probablemente, sean culpables del sentimiento excesivo que les sigue como sombras en la oscuridad, disfrazado de transnacionales y cadenas comerciales, pero bien dicen por ahí que el amor y el dinero nunca son suficientes. Y para adquirir y apreciar un traje de Haute Couture, ambos son absolutamente necesarios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario